Un gran peso se levanta de mis pestañas, aliviándome de un sueño profundo. La luz y calor del día entra por mi ventana y abraza mi piel con una amable bienvenida a un nuevo día. Como todos los días se escucha los gritos de la calle, los gritos que dicen “¡Pan caliente, vendo Pan caliente! ¡El País, El País!”, esos gritos que me dan tranquilidad que estoy en casa. Se escucha la música de la tienda en la esquina, y las risas de los niños mientras que corren a tomar el autobús para ir a la escuela. Un día normal, pero algo estaba diferente. Había una paz en el ambiente que se sentía extraña en mi pueblo, era como si un extranjero de lejanas tierras hubiera llegado a derrumbar todo lo normal. Baje las gradas, pensativa de esta presencia del extranjero, y como todos los días me encontré con María Cristina, la muchacha de la casa, preparando el desayuno.
La historia de María Cristina es algo triste, creció en un barrio en donde no tenia oportunidades, cuando su madre se enfermo su padre abandono su familia, y a la edad de 13 años, María Cristina fue obligada a dejar de estudiar y empezar a trabajar para soportar a su familia. Ahora a la edad de 22, ya tenía su rostro marchito, sus manos cicatrizadas y ojos profundamente tristes. Siempre fue su sueño ser profesora, para ser una parte fundamental del futuro de los niños, la idea la llenaba con mucha satisfacción y alegría. Estaba parada al lado de la estufa cantando una canción que le había enseñado su madre, me senté en la mesa y la salude, cuando se dio vuelta sabia que algo había cambiado en mi pueblo, María Cristina se veía joven, sus ojos expresivos y con una sonrisa brillante que jamás se le había visto, me dijo “Buenos Días Señorita Nicole ¿ cómo amaneció?” le sonreí y le conteste “Muy bien gracias” se sonrió y siguió cantando hasta que se acordó de algo y me dijo “Señorita Nicole, quería saber si está bien con usted que me tome la tarde libre para hacer un trabajo de la universidad?” me quede confundida y le pregunte “ ¿De la universidad?” me dijo “Si, yo sé que me dijo que tenía que haber hecho ese trabajo con más tiempo pero se me paso” medio sorprendida de este cuento de la universidad, le dije que si, comí rápido y salí a trabajar ya que se me había hecho tarde.
Me fui preparando mentalmente para el camino al trabajo, ya que sabía que me iban a pitar, gritar, como todo los días. Saque el carro, le eche llave a las puertas, puse mi cartera al lado de mis pies y arranque. Ya al llegar al final de la primera cuadra note que algo hacía falta, los vigilantes con sus armas en la esquina. Seguí y todavía no había ni un vigilante. Prendí la radio para escuchar si estaban haciendo huelga, pero escuche noticias que el gobierno federal iba a invertir dinero en la educación para producir una nueva generación de profesionales, que la selección nacional había ganado un campeonato, y la industria de turismo había subido 16% en el último año. En ese momento llegue a la carretera donde empezaba la locura, encontré la carretera pero no la locura. La gente estaba respetando los semáforos, estaban dando vía a los demás, no tiraban basura de las ventanas y no se escuchaban los pitos. Aun más sorprendente, era la falta de huecos en el camino.
Llegue a la oficina y empecé mi trabajo. Ya a la hora de almuerzo iba a aprovechar de arreglar unas cuentas en el banco. El banco quedaba a una cuadra de mi oficina, entonces salí caminando. En la calle me encontré con gente que te sonreía cuando pasabas, con adolecentes muy respetuosos, con policía que ayudaban a la gente que tenían un aura de amabilidad en vez de intimidad. Llegando al banco había una fila como siempre. Me puse en la fila y de repente alguien corto la fila. Les dije esperando que se iba formar una pelea “Perdón, pero yo estaba aquí primero” el hombre se dio vuelta y me dijo con una voz muy apenado “Perdóneme señorita, no había notado que estaba haciendo cola, que pena con usted” y se salió de la fila. Llegando al cajero le mostré los errores en la cuenta y me contesto “Lo sentimos mucho Señorita por el error, vamos a investigar el asunto y le informamos cuando encontramos la solución, de nuevo lo sentimos por nuestro error”.
Regrese al trabajo, y termine el día. Con muchas ganas salí para mi casa, y llegando a mí calle vi la cosa más hermosa que había visto en mucho tiempo. La calle estaba llena de niñitos jugando. En un lado había los niñitos jugando un partido de futbol. En el otro un grupo de niñitas saltando cuerda, otros montando bicicleta, y corriendo. Los niños estaban disfrutando su infancia en la calle, creando memorias que siempre tendrán, y recuerdos que algún día van a poder compartir con sus hijos. Entre el carro a la casa, me prepare un tinto y me senté afuera a ver como jugaban los niños hasta que poco a poco entraron a sus casas ya que el día estaba acabando. Con el sereno de la tarde, entre a la casa a comer y a ver televisión. Prendí la televisión a ver las noticias, que duro media hora, y luego me quede viendo novelas hasta que ya el silencio de la noche y el canto de las ranas me arrullo. El sueño se hizo dueño de mí.
Un gran peso se levanta de mis pestañas, aliviándome de un sueño profundo. La luz y calor del día entra por mi ventana y abraza mi piel con una amable bienvenida a un nuevo día. Como todos los días se escucha los gritos de la calle, los gritos que dicen “¡Pan caliente, vendo Pan caliente! ¡El País, El País!”, esos gritos que me dan tranquilidad que estoy en casa, pero también se escucha los disparos, las sirenas y los pitos de los carros que me acuerdan que en mi casa, tengo problemas. Pero ya sé que no todos los días tienen que ser lo mismo, ya conocí el día de sueño, en donde se valora la vida, donde todos tienen oportunidades para ser una persona mejor, y en donde la tranquilidad y seguridad es lo normal. No me doy por vencida y hoy empieza la lucha para convertir mi sueño en una realidad. La historia es algo de donde aprendemos, no es algo repetimos. Dicen que porque los problemas llevan mucho tiempo en un lugar, nada se puede solucionar, a esa gente les digo que es por esa mentalidad de dar por vencido, por no tener un sueño, es que seguimos en el ciclo vicioso.
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